Esperan en medio de la calle, con sus ropas andrajosas y zapatillas de marca viejas, con un cigarrillo apagado entre los dedos, barba de varias semanas, una gorra oscura y el abrigo para sobrevivir en la noche atado a la cintura.
Gritan. Gritan y hacen aspavientos con las manos señalando una plaza de aparcamiento libre.
Te miran ilusionados -¿pero cuántas veces habrán hecho lo mismo?- ¡Aparca, niño, aparca aquí! Te dicen como si estuvieran en la calle desde hace un rato. Pero no. Llevan años así. ¿Se les perdió la ilusión? ¿Por qué entonces siguen sonriendo y emocionándose cuando, finalmente, alguien se acerca para aparcar? Se esmeran, y se mueven, nerviosos. Buscan la manera de ayudarte y se esfuerzan mirando por dónde podría rozar el coche. Podríamos decir que incluso se alegran de que vayas a fallar, porque entonces, sólo entonces te podrán ayudar. Después de eso se apartan un poco, miran a su alrededor, bajan la cabeza y te miran indecisos con unos ojos que piden a gritos algo de dinero. Hay otros en cambio que te lo dicen claramente, pero...
¿Qué hacemos nosotros?
Dios... La mayoría de las veces nos piramos sin decir nada, los dejamos ahí donde estaban y como estaban sin agradecerles en lo más mínimo; otras veces nos inventamos que no tenemos dinero encima, y sólo en contadas ocasiones, es cierto.
Sin embargo, en las pocas ocasiones en las que nos dignamos a hacerlo, lo hacemos con reparo, nos sienta mal e incluso puede que la próxima vez que aparques ahí no le des dinero porque "ya te di el otro día".
Menudo horror.
Ayer volvía a casa, rondarían las nueve y media de la noche. Enfrente de mi portal estaba uno de los tantos Aparcacoches que suelen estar por aquí. Yo acababa de cruzar la calle y el semáforo se puso en verde para los coches de la otra esquina. Empezaron a avanzar. Uno de los últimos iba más despacio. Azul y blanco. Luces en la capota. Una mujer conducía el coche, eran policías. Se detuvo frente al Aparcacoches que intentaba ayudar -aunque interesadamente, no lo podemos negar- a otra mujer a aparcar y le gritó, como una verdadera basta "¿Quieres dejar a la mujer en paz? ¡Por favor! ¡por favor...! Sal de enmedio de la calle, ¡por Dios! ¿Pero qué te has creído? ¡Que tiene carné! ¡Que sabe aparcar ella solita! Lárgate de ahí ahora mismo ¡Anda!"
A lo mejor ustedes están de acuerdo, pero yo, desde luego que no.
Respeto el trabajo del policía.
Y también respeto el "nuevo" trabajo del Aparcacoches. Son gente que ha metido la pata. Me dices que la han metido "hasta al fondo", ¿conoce alguien el "fondo"? ¿No? Pues a callar.
Son gente que probablemente se ha dejado llevar por tonterías que se han comportado realmente mal, como inconscientes. Cierto.
Pero no por eso son peores que nosotros. ¿Quién conoce sus circunstancias? ¿Quién conoce para juzgarlos? ¿Quién le ha dado a nadie el poder suficiente para tratarlos con menos respeto que a otros?
Estoy de acuerdo en que podemos no estar de acuerdo con la situación de esta gente, no estar de acuerdo con que no acudan a los centros de ayuda.
Pero aún así no creo que debamos ni podamos tratarlos mal. De ningún modo. Si pide dinero, no está robando. Tiene la libertad de hacerlo, siempre y cuando no coaccione a nadie, ni obligue, ni amenace ni haga nada que suponga limitar la libertad del otro.
Nadie les puede prohibir pedir dinero. Ni siquiera un policía.




